Como ya se habló en el post anterior, la problemática del bullying es compleja y es de vital importancia su temprana detección para que no se perpetúen las graves secuelas que pueden llegar a desarrollarse. Y esas secuelas quedan en todas y cada una de las personas participantes, tanto en la víctima, la persona agresora y los espectadores/as. Cualquiera de esos participantes tendrá unas consecuencias psicológicas y emocionales que posiblemente modifiquen su conducta y su desarrollo emocional para el resto de sus vidas. Ante los problemas relacionados con la violencia, todo el mundo tiene responsabilidad. Está claro que las consecuencias más desbastadoras quedan, como siempre, para la víctima, pero también se van a señalar las consecuencias para las personas agresoras y espectadoras.

Siendo más específicos, algunas de las consecuencias para las víctimas son:

Casi de manera inmediata se podrá observar sentimientos negativos como miedo, tristeza, inferioridad y culpa. Este último sentimiento además es de los más duros ya que la víctima llega a pensar que es maltratado/a “porque me lo merezco”.

La situación de maltrato si se mantiene en el tiempo, además de ir deteriorando la autoestima, también afectará directamente a la capacidad de relacionarse con los demás, de modo que se tenderá al aislamiento y la evitación de las situaciones sociales, ya que no confiará en nadie. Esto ocurrirá tanto por el pensamiento depresivo “no valgo para nada” como la parte más defensiva de “no puedo confiar en nadie, todo el mundo me terminará fallando”.

Otra de las consecuencias es la drástica bajada en el rendimiento escolar –hay que tener en cuenta que para que se produzca el aprendizaje es necesario el bienestar personal- apareciendo también una gran sintomatología psicosomática que le permitirá faltar muchas veces a las clases (dolores de estómago, de cabeza, vómitos…) es decir, utilizará todo lo que esté en su mano para escapar de la situación temida.

Paradójicamente también puede aparecer una conducta de hostilidad y defensividad que le puede llevar a desarrollar conductas de maltrato a personas más débiles. A veces esa hostilidad puede reflejarse también en los padres ya que serán los únicos que no responden a ese ataque.

Si la situación de acoso se vuelve crónica, se puede desarrollar trastornos emocionales más graves como depresión o estrés postraumático, además de una fobia y rechazo a la escuela. Es en esta situación cuando la víctima de bullying es más vulnerable y pensará cualquier cosa para escapar de esa situación.

Las consecuencias para los agresores/as:

Se aprende a maltratar. Como generalmente no se reciben consecuencias negativas por esa conducta, aprenden que los demás deben aceptar sus chulerías e impertinencias,  acostumbrándose a intimidar. Posiblemente este estilo de relación se repetirá con otras personas significativas de su entorno presente y futuro, lo que determinará sus amistades, relaciones de pareja, relación con la familia, etc. Las personas agresoras en el bullying tienen una notable tendencia a implicarse en violencia juvenil y seguir relacionándose con otras personas desde la prepotencia y la superioridad, lo que marcará el resto de su vida.

En los casos en los que el acoso ha tenido un desenlace fatal, se tendrá que vivir el resto de la vida sabiendo que se ha sido responsable de algo tan grave, algo realmente difícil para cualquier persona.

Por último señalar las consecuencias legales que pueden llegar a tener este comportamiento violento, ya que supone un delito del que se puede exigir una responsabilidad penal (internamiento en un centro de reforma). La presente ley del menor otorga responsabilidad penal a partir de los 14 años.

Las consecuencias para los espectadores:

Como se ha mencionado anteriormente, todas las personas relacionadas con una situación de violencia tienen responsabilidad y consecuencias. Esta afirmación cobra especial relevancia en el caso del acoso escolar, ya que es una situación conocida por toda la clase aunque oculta para los adultos.

La principal consecuencia para las personas espectadoras es el temor a ser victimizadas, con lo que se tratará de evitar por todos los medios, no denunciando a los adultos esta situación de la que son conocedoras.

Pero también se aprende por observación que al agresor o agresora se le tiene en cuenta y hasta es valorado en el grupo de iguales, por lo que existe una mayor probabilidad de utilizar estas conductas de acoso hacia otras personas. Se acostumbran a vivir en un clima interpersonal donde existe el abuso, la intimidación… donde campa la ley del más fuerte y el estilo de relaciones del modelo dominio-sumisión.

Por último también señalar que las personas espectadoras se desensibilizan hacia la violencia y el sufrimiento de la víctima, llegando a desarrollar cierta frialdad emocional ante estos hechos, despreocupándose por los actos de violencia. De esta manera su desarrollo socio-moral se ve perturbado, ya que aprenden a no ayudar al débil, a no implicarse y a pasar por alto los casos de injusticia y abuso. A veces se desarrolla un sentimiento de culpa que arrastrarán durante una gran parte de su vida.

Dado que las señales de riesgo para detectar a la víctima están especificadas en el post anterior, es importante tener claro también las acciones a realizar ante una situación de bullying. A continuación se exponen algunas de estas pautas tal lo hemos hecho en los distintos centros educativos donde se ha trabajado la prevención del acoso escolar en estos últimos años.

¿Qué NO DEBO HACER si soy víctima de bullying?

  1. Aceptar ese maltrato como algo normal que a veces ocurre. El objetivo de la persona acosadora es que la víctima se sienta mal, culpable… por lo que esto debe ser una señal para comenzar a hacer algo.

  2. No es aconsejable ir solo donde normalmente ocurre el acoso. Estar con personas de confianza en los lugares donde ocurre todo ayuda a minimizar la agresión en muchas ocasiones o encontrar testigos y pruebas de que ese acoso está existiendo.

  3. Mantener el silencio tampoco sirve, ya que no soluciona nada, solo facilita que se perpetúe la situación. Además el agresor no se aburrirá ni se cansará, por lo que el tiempo por sí solo no arreglará nada.

Si eres víctima de acoso, por increíble que parezca, no es nada fácil identificarse como tal. Sólo te darás cuenta de que no te sientes bien, pero no sabrás por qué. La culpa te invade y hace que pienses que “si cambiara tal cosa, la situación desaparecerá”. Y cuando esto no ocurre, la desesperanza ya te ha invadido, también el miedo y la rabia de “no ser normal”. Aquí ya se hace muy difícil pedir ayuda.

¿Qué hacer entonces?

Aceptar que tienes miedo, que es injusto lo que te está pasando y concluir que nadie tiene derecho a hacerte daño.

Busca a alguien de confianza para contarle que está ocurriendo, para encontrar apoyo emocional que te de fuerzas para dar el siguiente paso. Este amigo/a puede contar la situación a un adulto si tú no puedes hacerlo. Hay veces que este apoyo no se encuentra en tus compañeros/as, pero para eso está la figura incondicional de papá y mamá, que estarán siempre dispuestos a escuchar y entender lo que te ocurre.

Busca pruebas, testigos del acoso. Si también sufres esta violencia a través de las redes sociales, captura todas las situaciones violentas (insultos, amenazas, fotos o videos humillantes…) que podrán ser utilizadas más adelante.

Denuncia la situación a padres y profesorado, en la única forma de salir. A veces no te creen, pero ¡quéjate hasta que te hagan caso!

Bullying o acoso escolar ¿Qué hacer?