«El mundo que hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No puede haber cambio sin cambiar nuestro pensamiento». Albert Einstein

EL CAMBIO

Hoy voy a hablaros del cambio.

En estos momentos, con todo lo que está ocurriendo en el mundo debido al covid-19, nos preguntamos ¿qué va a pasar?, ¿cómo nos va a cambiar la vida?, ¿cómo va a ser nuestro futuro después de esto?

Hemos visto alterado nuestro orden y estamos en un punto de inflexión, de crisis en general.

A estas alturas, ya vamos viendo que, cuando volvamos a salir a la calle, va a haber un gran cambio, de la economía, de la sanidad, incluso de nuestros valores, de nuestro modo de relacionarnos o de la manera de consumir. En definitiva, de nuestras prioridades y necesidades.

No es nuevo para la Humanidad. A lo largo de la historia han devenido plagas, epidemias, enfermedades graves y crisis económicas que han provocado cambios marcando un antes y un después.

Recordemos las pandemias, como, por ejemplo:

  • La peste a mediados del s. XIV que asoló especialmente a Europa ocasionando numerosas muertes y produciendo, como consecuencia, cambios en la estructura social y económica.
  • La gripe española en 1918 que causó muchas muertes en el mundo.

También tenemos ejemplos de crisis económicas:

  • La gran depresión en 1929 que se originó en Estados Unidos a partir de la caída de la bolsa en New York.
  • La crisis financiera del 2008 con la quiebra de uno de los cinco principales bancos de Estados Unidos que llevó a una recesión mundial.

Sin embargo, no olvidemos que el ser humano siempre ha sabido salir adelante.

Es cierto que se avecina un gran cambio estructural en nuestras vidas, que supone una adaptación a otra realidad, a otras circunstancias y que nos empujará a enfrentarnos a lo nuevo.

Pueden aparecer resistencias que encubran legítimos miedos personales, como pueden ser la pérdida de lo conocido, de lo que se tiene, miedo a lo desconocido, a lo que no ofrece garantía. Y quizá por todo ello, un deseo intenso de repetición, de permanencia.

El cambio angustia porque no lleva consigo una promesa de éxito o de felicidad ni tampoco de satisfacción de las necesidades. Pero no existe lo que satisface y calma completamente el deseo.

La negación como mecanismo ante el asedio de los acontecimientos que han alterado nuestra vida cotidiana, es comprensible.

El miedo es lógico, hay temor a que se destruya lo construido en muchos años, a veces durante toda una vida. Por ejemplo, un negocio o una propiedad pagada durante mucho tiempo y que ahora habría que vender para hacer frente a gastos.

El cambio puede generar ansiedad, inseguridad. Pero no es lo mismo un miedo sano, lógico, que uno irracional. Todos podemos sentir miedo, es bueno poder escucharlo sin que nos invada, sin que nos impida vivir (ver el artículo sobre el miedo) http://institutoneurocienciasysalud.com/__trashed/

La apertura conlleva transformación, dejar atrás cosas. A veces se asocia con peligro y miedo al fracaso, ya que, de algún modo, es un desafío puesto que hay que asumir retos.

El cambio produce incertidumbre, intranquilidad. Tenemos que adaptarnos a otra realidad o situación, otras normas, otros hábitos, surgen otros valores y eso supone salir de la comodidad, de una zona de confort. Pero hay un tiempo para comprender, una pausa intermedia y otro tiempo para decidir. No hay que precipitarse.

La pausa permite elaborar lo sucedido y resituarse.

Creer que lo que tenemos está asegurado es un espejismo.

Ahora se puede corroborar. Nada perdura para siempre. No hay garantía de permanencia. Todo cambia constantemente, a veces a un ritmo casi imperceptible y otras, como en esta etapa, de modo convulso. Así que el cambio nos invita a enfrentarnos con nosotros mismos, nuestros miedos, nuestras resistencias. A veces, para ganar algo, hay que perder otras cosas.

Sólo se avanza dejando cosas por el camino, elaborando los apegos, digiriendo las pérdidas. Es un destino irremediable por el que todos tenemos que pasar y según como lo transitemos, lo interioricemos y la lectura que obtengamos de ello, seremos felices en mayor o menos grado.

El dolor e incertidumbre hacia el cambio también es proporcional a nuestro equilibrio emocional. El impacto de la pérdida es más doloroso si hay mayor fragilidad estructural psíquica y según las circunstancias propias del momento.

¿Qué podemos hacer?

Ahora hay que replantearnos cosas, aunque no tengamos las respuestas. Hay un gran interrogatorio, pero las lagunas se irán rellenando poco a poco.

No hay una fórmula perfecta para afrontar el cambio.

Cada persona es única, diferente y abordará la nueva etapa condicionada por su historia, su estructura psíquica, su contexto y sus apoyos.

Por todo ello, las pautas que recomiendo son generales y cada uno de nosotros ha de modelarla al contexto en el que vive.

Pautas de adaptación:

  • Generar respuestas alternativas en el consumo, en la manera de relacionarnos, incluso en la propia forma de trabajar.
  • Aceptar el cambio, aliarnos con él, sobreponernos de forma activa, nos va a ayudar a verlo de otro modo.
  • No idealizar lo que dejamos atrás, ni devaluarlo para que sea menos dolorosa la mirada retrospectiva.
  • Mirar con serenidad, aceptando etapas que nos tocan vivir como algo intrínseco al hecho de existir.

Está claro que el mundo no va a ser el mismo.

Quedará una marca en nuestra memoria, a muchos, dolor por una pérdida importante y tendremos que aprender a vivir con ello.

La tecnología, seguro que tendrá un protagonismo más relevante aún, se valorará más la naturaleza, el disfrutar de espacios abiertos. Probablemente se consuman menos caprichos u objetos banales, las relaciones sociales mantendrán rituales de menos aproximación…

Pero no olvidemos que en todo cambio se despliegan también nuevas oportunidades que a veces son difíciles de descubrir con facilidad, pero están ahí.

No hay únicas ni últimas oportunidades en la vida. Pueden aparecer nuevos objetivos y expectativas, dinámicas nuevas.

Siempre hay algo que escapa, imposible de alcanzar, pero eso no impide avanzar. Si lo que uno desea lo busca de forma activa, será más fácil acercarse a ello.

Tenemos que hacer un esfuerzo para recordar que la vida no es solo lo que hicimos, sino lo que hacemos y lo que vamos a hacer cuando salgamos de esta situación. Es un viaje con el tiempo de protagonista, ofreciendo una sucesión de etapas, dando unas por concluidas y abriendo la puerta a la siguiente. Mientras, las experiencias y cómo las interiorizamos, nos van remodelando.

El que algo termine no significa la nada. Se cierra un ciclo que da paso a otro.

A lo largo de nuestra historia pasamos por cambios sociales, psicológicos y biológicos.

No sentimos ni podemos hacer lo mismo en la niñez donde impera el pensamiento mágico que en la juventud con las causas idealizadas, que en la madurez con un mayor peso del pensamiento racional o en la vejez con el cambio de expectativas y la idea de finitud más cercana y real.

Un buen objetivo es restaurar la estabilidad perdida en un sentido amplio, construir un nuevo entramado significando lo ocurrido y pudiendo darle una simbolización nueva.

Como decía Víctor Hugo: “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes, la oportunidad”.

Concha Porta

Colaboradora del INyS

Psicóloga clínica del balneario Hervideros de Cofrente