“El lenguaje es el vestido de los pensamientos.” Samuel Johnson

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente.” Ludwig Wittgenstein

LA COMUNICACIÓN

Hoy voy a hablaros de la comunicación. En qué consiste a grandes rasgos y qué cosas positivas puede aportarnos.

En estos días tan singulares, en los que permanecemos en nuestras casas, solos o en compañía, el poder comunicarnos con los seres queridos, con los amigos, con los compañeros de trabajo… neutraliza bastante la sensación de aislamiento.

Comunicarnos con los demás nos permite encontrarnos con ellos. Habitualmente lo hacemos mediante la palabra. A través de ella establecemos relaciones y vínculos.

La palabra comunicación viene del latín comunicare y significa hacer partícipe a otro de lo que se tiene: pensamientos, ideas, aspiraciones, deseos, necesidades, temores y, también, de cómo nos posicionamos en la vida.

La persona no es un ente cerrado, necesita de la existencia y del encuentro con los otros. El lenguaje apela al otro. Hay una necesidad básica de comunicarnos.

Necesitamos hablar y ser escuchados y la palabra nos ayuda a dar cuenta de nuestra existencia. Nuestras reflexiones, opiniones, ideas, muestran la necesidad que tenemos de dar sentido a las cosas y de compartirlas con otros, y es mediante el lenguaje como conseguimos expresar y comunicar quiénes somos y cómo pensamos.

Con el lenguaje pasamos de ser un ente biológico de carne y hueso a una categoría de sujeto.

Ya el bebé con su llanto intenta transmitir sus necesidades de ser alimentado, auxiliado ante un dolor de dientes o cualquier otro malestar. A partir de los dieciocho meses, más o menos, comienza a desarrollar el lenguaje y a comunicar lo que siente. Así pues, el lenguaje nos define como seres humanos pensantes y hablantes.

Aunque ciertas especies, como los animales, pueden comunicarse con un sistema primario de señales o sonidos, el lenguaje como tal se da en los seres humanos. Es un sistema de comunicación codificado, atravesado por cuestiones simbólicas.

En el proceso del lenguaje intervienen varias áreas del sistema nervioso central, desde el tronco cerebral hasta la corteza. Estos actúan de forma integral, involucrando más al hemisferio izquierdo del cerebro. Cuando hablamos con otro se establece un circuito entre un emisor, que es quien transmite un mensaje, y un receptor o destinatario, que es quien recibe el mensaje.

Esta comunicación, emisor y receptor, no ocurre en la información, donde se transmite un mensaje sin esperar respuesta. Un ejemplo de ello son los informativos y los periódicos. Así pues, la comunicación conlleva un intercambio, se comparte el diálogo.

Hay un encuentro, aunque a veces se produce un desencuentro, de opiniones, de ideologías… pero existe un intercambio. Hay un emisor y un receptor, que pueden ir simultaneando los esos roles.

Sin embargo, no siempre lo que el emisor desea transmitir es lo que expresa o lo que el receptor interpreta. Por ejemplo, esto se da con cierta frecuencia en los whatsApps donde hay una persona que manda un mensaje y otras que lo reciben. El emisor no tiene la garantía de que la interpretación sea acorde a su intencionalidad, ya que dicho mensaje carece de algo habitual en una conversación presencial puesto que no existe el tono de la voz ni su modelación, no se visualizan gestos ni otras señales que en una conversación presencial dificultan el equívoco. El lenguaje puede llevar implícito ambigüedades de sentido o de significados. En definitiva, siempre hay algo más de lo explícito y consciente.

La estructura del lenguaje se presta a malentendidos, ya que las mismas palabras pueden tener diferentes sentidos según el contexto, alterando su significación. No existe una eficacia absoluta en lo que deseamos transmitir. La comunicación no es perfecta, ni exacta. Por el contrario, se encuentra con dificultades al no poder decirse todo. Hay un universo significante. Nos encontramos con un espectro amplio: equívocos, conflictos, ilusión de compenetración máxima en ese diálogo.

También hay una comunicación inconsciente que se nos escapa y que aparece a través del cuerpo: gestos, movimientos involuntarios, miradas, determinadas posturas, o a través de lapsus, ironías, bromas, chistes, mensajes subliminares. Nos influimos unos a otros con estos intercambios. Cuando hablamos siempre decimos más de lo que suponemos, más de lo que creemos decir.

Por si fuera poco, también están nuestras propias contradicciones internas. Además, la experiencia humana es subjetiva, por ejemplo, lo podemos corroborar al compartir con alguien lo que nos inspira una determinada obra de arte.

Es difícil formalizar con exactitud un sentimiento, incluso descubrir los múltiples matices que le dan consistencia. Hay una imposibilidad de establecer un encuentro perfecto, absoluto, de ahí que el intento fallido pueda llevar en ocasiones a una producción que muchas veces discurre de un modo bello, inteligente y creativo a través, por ejemplo, de la literatura y de la poesía.

En este momento tan especial en el que nos encontramos, estamos pendientes de la información que nos llega por diferentes medios, y también de lo que nos cuentan las personas de nuestro entorno respecto a la pandemia y cómo lo están viviendo.

Incluso hay una saturación informativa a la vez que una necesidad de ella, nunca mejor dicho “como si nos fuera la vida en ello”. Información que a veces se distorsiona por intereses políticos, bulos o sencillamente opiniones no contrastadas.

Vemos cómo se desvirtúan datos, con omisiones parciales. Vivimos expuestos a la influencia de los medios de comunicación, de las creencias u opiniones de personas que queremos o valoramos.

La influencia de los mensajes puede apreciarse con claridad, por ejemplo, en la publicidad donde nos invitan a consumir productos que prometen darnos éxito, plenitud, felicidad.

Sí, somos seres influenciables. También estamos mediatizados por creencias, valores, lecturas de hechos ocurridos transmitidos por educadores en la infancia, modelos de identificación posteriores, entre otros. Como veréis, el lenguaje y la comunicación tienen una gran complejidad y un gran poder ya que no somos inmunes a la sugestión y la influencia de otros.

Llegados a este punto nos podemos preguntar ¿qué puede aportarnos de positivo la comunicación?

Aportaciones de la comunicación

  • Nos permite expresar nuestras ideas y pensamientos.
  • Una buena comunicación ayuda a emitir aquello que queremos expresar de manera que llegue al receptor tal y como queremos.
  • La comunicación nos ayuda a sentirnos más próximos y satisfechos, nos permite construir lazos con el otro, nos sirve para entenderle.

Requisitos para una buena comunicación

  • No dañar la sensibilidad de los demás, teniendo en cuenta sus sentimientos, siendo empáticos, escuchando más, intentando entender que lo que expresan tiene que ver con el modo en que cada uno interioriza sus experiencias, y el peso que ha dado ello en sus vidas.
  • Entender la matriz cultural del otro, sus influencias, su propia singularidad.
  • No apresurarnos en interpretaciones que pueden alterar la comprensión.
  • No presionar o intentar imponer nuestro criterio.

En resumen, la flexibilidad, la mente abierta, el no creernos en posesión de la verdad, quita tensión a una discusión y permite poder relativizar, disfrutar de ese encuentro.

Podemos expresar lo que pensamos respetando y escuchando las no coincidencias, ya que siempre hay vivencias afectivas subyacentes en el que habla.

Pensar nuestras respuestas o comentarios antes de exponerlas con el fin de no molestar o dañar al otro, a quien queremos, valoramos y deseamos seguir relacionándonos. Es decir, no actuar en la comunicación por impulsos. Quizá atender a esa máxima de Hermingway “necesitamos dos años para aprender a hablar, y sesenta para aprender a callar”.

En definitiva, todas estas sugerencias pretenden que la comunicación esté por la construcción del vínculo.

Concha Porta

Colaboradora del INyS

Psicóloga clínica del balneario Hervideros de Cofrente