La tristeza es un don del cielo,

El pesimismo es una enfermedad del espíritu

Amado Nervo

 

Hoy voy a hablaros de la “tristeza”.

¿Qué es la tristeza?

La tristeza tiene muchos matices. Quizá los poetas han sido los que más han hablado de ella.

Podemos decir que esta emoción es universal y, en absoluto es una patología en sí misma.

Es cierto que es un elemento que aparece en diferentes cuadros clínicos, pero hacen falta más síntomas para poder hablar de un trastorno psicológico. No pretendo hacer un abordaje ni extenso ni profundo sobre los temas que expongo, sino centrarme en esa emoción tan vivida por todos y sin embargo tan desconocida.

Así pues, no debemos confundir la tristeza con la depresión.

La depresión aparece de un modo más intenso y persistente, surgen sentimientos de infelicidad, melancolía, desesperación, no hay interés por las cosas, el deseo decae. La persona se ve superada por el malestar, se siente sin energía, sin motivación para hacer frente al día a día.

La tristeza es un estado anímico más breve, pasajero. La duración es un factor importante a la hora de diferenciarla de la depresión.

En la tristeza, el estilo de vida cambia brevemente, los sentimientos están más atenuados. Por otra parte, suele aparecer cansancio, falta de interés por las cosas, baja autoestima, pesimismo. Pero de modo menos intenso, y con menos duración temporal. Puede aparecer después de una pérdida, de un fracaso importante o del cese de una actividad, por poner algún ejemplo. Se produce un ideal de felicidad no alcanzado.

Os hablo, por supuesto, de la tristeza en términos generales y no encuadrada en un diagnóstico psicopatológico.

La tristeza es común a todos e inevitable en determinados momentos, ya que aparecen acontecimientos que pueden provocarnos frustración y dolor. No podemos eliminar de nuestras vidas el sufrimiento, el malestar, los conflictos que surgen en nuestra relación con el mundo, ya que forman parte también de las experiencias de la vida. Es imposible que a lo largo de nuestra vida no nos ocurran cosas que nos hagan sentir vulnerables, y no hay fórmulas para evitarlo, como tampoco las hay para alcanzar la felicidad.

El ser humano está condicionado por una biología, por una historia personal y por las circunstancias que acontecen, así como también por la manera en la que se implica en ellas.

Nuestra historia personal es muy importante. Hemos crecido en un contexto, con modelos de identificación, con las figuras de apego de nuestras vidas. Hemos recibido una educación, unos valores, un aprendizaje, que han creado en nosotros tendencias emocionales a la hora de responder de un modo u otro. Los estímulos, los acontecimientos externos, conectan con estos modelos, identificaciones, experiencias, recuerdos internos… y establecen patrones de conducta aprendidos generándonos cierta predisposición.

No olvidemos que también estamos sujetos a tradiciones, a costumbres. Vivimos inmersos en una cultura.

Pero podemos plantearnos qué hacer con estos sentimientos, incluso querer saber qué se esconde detrás de la tristeza y pensar cómo nos enfrentamos a ella. Con ello se pretende que no nos arrastre y comprender qué nos pasa.

Las emociones no acatan órdenes conscientes. No es suficiente la mera voluntad. No obstante, sí que podemos hacer cosas, escucharla y tomar una actitud activa.

El que nos conozcamos más nos puede ayudar a sentirnos mejor con nosotros mismos, a hacernos menos reproches, a culpabilizarnos menos, a enfrentarnos a las dificultades propias del hecho de existir.

Y, así, poder acceder a experiencias placenteras y enriquecedoras que también las hay, seguramente más de las que percibimos. Sin reflexión sobre lo que nos ocurre podemos quedar expuestos a un estado de vulnerabilidad subjetiva abocada al sufrimiento.

¡Nunca es tarde para tomar decisiones!

No olvidemos que la tristeza es un sentimiento que puede ser tolerado, que podemos identificar, llegar a entender, simbolizarlo, incluso sublimarlo con actividades creativas como por ejemplo pintar, escribir, coser o inventar una receta de cocina.

El sufrimiento psicológico refleja nuestro universo emocional, el de cada persona. No es un sentimiento objetivo, impuesto, sino que está impregnado de esos significados que os comentaba antes. Es la interiorización de nuestra propia percepción de las cosas. Nuestra realidad, tal como la vemos y la interiorizamos. Por eso los sentimientos son subjetivos, porque son acordes a nuestra propia percepción de lo que ocurre.

De algún modo, a pesar de nuestra historia y de nuestros condicionantes biológicos, somos responsables de la respuesta que damos ante la tristeza y lo que conlleva. De cómo nos procesamos y luego respondemos.

Sí, tenemos margen para responder, descubriendo nuestra implicación en lo que nos hace sufrir.

Me gustaría matizar algo importante: “responsabilidad” no es “culpabilidad”. A veces los valores o la moral que hemos adquirido a lo largo de la vida, pueden tiranizarnos, jugar en nuestra contra como si fuera un enemigo.

El trabajo de introspección o reflexión, no debe hacerse con la intención de moralizar nuestras conductas, sino para tomar conciencia de aquello que nos genera sufrimiento, poder ver lo que nos frena o impide que salgamos de ahí, lo que nos retiene en ese punto de malestar y nos apresa. En definitiva, salir de esa posición pasiva cuyo protagonismo es la queja, el reproche, la aflicción.

¿Qué consejos o qué orientaciones se me ocurren? Pues como os decía en la charla anterior sobre la soledad, hay cosas básicas e imprescindibles a hacer.

 

¿Qué podemos hacer?

-No abandonarse físicamente. Mantener una higiene personal con ducha diaria.

-Una vez al día, escuchar las noticias para estar informados sobre lo que ocurre en el mundo.

-Hacer gimnasia. Elegid una tabla acorde con vuestra capacidad física. El ejercicio produce reacciones químicas en nuestro organismo que inducen a un estado de bienestar y ánimo positivo. Y ayuda a reducir el estrés.

-Dar gracias de estar vivo, de poder disfrutar cada día del sol, de la luz, de las personas que queremos y nos quieren. En definitiva, de todo lo bueno que tenemos en la vida.

-Valorar aquello que antes no tenía importancia porque casi nos llegaba de serie y ahora, debido a la situación de confinamiento que estamos viviendo, sí valoramos.

-Nos puede reconfortar también la expectativa de recobrar esa vida cotidiana de antes, ahora tan deseable, la voz cálida junto al oído, el abrazo, la mirada cómplice. No olvidéis que la felicidad tiene que ver con esos momentos.

 

Reconocimiento de nuestros propios límites.

Debemos reconocer y aceptar nuestros límites. Aprender a vivir con nuestras insuficiencias no está mal y nos permite encontrar también ventajas, como no caer en juicios demasiado duros sobre nosotros mismos o los demás.

También nos puede ayudar a ser más tolerantes con las propias emociones. Y, de esa manera, intentar romper o interrumpir esos hábitos mentales o tendencias que vamos descubriendo y nos hacen sufrir.

Pero evitar o amortiguar el sufrimiento no implica necesariamente que éste desaparezca, más bien lo que consigue es ayudar a tolerarlo, a verlo de otra manera.

La tristeza bien sobrellevada puede contribuir al crecimiento personal y a un aprendizaje  positivo sobre la vida.

Nunca se obtiene un éxito absoluto en nuestras acciones o proyectos.

Las contradicciones, las ambivalencias, las dudas, también son compatibles con los pensamiento más lúcidos o arraigados.

El ser humano es complejo y desarrollar tolerancia a la frustración nos permite saber relativizar en la vida, no caer en opiniones o sentimientos absolutos e irreductibles. Y esto nos hace más humanos.

La expectativa de que cambie el entorno externo puede ser una excusa, una trampa que nos retenga en esa actitud pasiva que comentaba antes. Esperar algo que no va a llegar y que nos deja anclados en el sentimiento de tristeza como si fuésemos ajenos a ella. Como algo impuesto desde afuera.

Esta actitud nos dificultaría ese viaje a la reflexión y generar esos instrumentos de cambio de los que os estoy hablando.

Sé que no es fácil, puesto que no depende solo de la voluntad. Pero sí podemos intentar canalizar ese sentimiento de tristeza de un modo que genere menos dolor y nos ayude a salir de ahí, arrojar luz. Volver la mirada hacia dentro, sobre nuestros deseos y expectativas no logradas.

Encontrar una manera propia de hacer frente a esas dificultades y sentimientos y aprender a soportar esa imposibilidad de lograrlo todo. Es decir, poder instalarnos en la vida con cierta dosis de insatisfacción.

Al fin y al cabo, somos seres finitos, vulnerables, dependientes. Tenemos necesidades. Necesitamos sentirnos escuchados, queridos, reconocidos.

Ahora más que nunca sabemos el valor del cariño, la entrega, el encuentro con los seres queridos.

El redescubrir esto ya es un logro.

 

Concha Porta

Colaboradora del INyS

Psicóloga clínica del balneario Hervideros de Cofrente